Mi trabajo existe como un campo de tensión cromática, donde la materia y la emoción colapsan en una sola superficie.

Trabajando principalmente con cera fundida, cada pieza se desarrolla a través de una inestabilidad controlada. El calor, la gravedad y el pigmento interactúan en la superficie, permitiendo que la pintura se organice a través del movimiento en lugar de una forma predeterminada.

Las capas se vierten, fusionan, fracturan y perturban mientras aún son inestables. A medida que el material se enfría, registra las huellas de este proceso: grietas, pigmentos sedimentados, hilos y transparencias cambiantes.

El color no se usa de forma descriptiva, sino estructural. Cada pigmento lleva un peso emocional que gobierna la experiencia de la pieza, guiando el ojo y definiendo su gravedad interna.

El oro no aparece como decoración, sino como interrupción. Introduce luz, tensión y desequilibrio dentro de la superficie.

Estas obras no son representaciones, sino presencias. Están destinadas a ser sentidas antes de ser comprendidas.